Biografía
de Fenando I "El Grande" o "El Magno". Rey de
Castilla y León.
Biografía
de Fernando I, "El Magno"
Favorecido
por la herencia de su padre, Sancho III, rey de Pamplona; aconsejado
por su esposa, Sancha Alfonsez, hija de Alfonso V de León
y guiado por su extraordinaria habilidad diplomática y militar,
Fernando I pasó a la historia con el sobrenombre de "El
Magno", apelativo que viene a reconocer su papel crucial en
la historia de los reinos cristianos peninsulares en el primer tercio
del siglo XI.

Su primera aparición
relevante en el escenario histórico fue en 1029, cuando después
del asesinato del infante García, último conde castellano,
en vísperas de su enlace con Sancha, futura esposa de Fernando
y heredera de la dinastía astur, se le encomienda la regencia
de Castilla. Son años donde, bajo la tutela de su padre,
va tejiendo una red de relaciones condales que le permiten afianzar
su poder en un período convulso.
En 1035, tras la muerte
de Sancho III, Fernando recibe en herencia el condado de Castilla,
del que pasaría a convertirse en rey. Antes, en 1032, había
contraído matrimonio con Sancha, que aportaba como dote las
controvertidas tierras fronterizas leonesas del Cea y el Pisuerga,
motivo de la confrontación militar de su marido con su hermano,
Vermudo III, en la batalla de Tamarón, que tuvo lugar en
septiembre de 1037. La contienda se decantó del lado de Fernando,
que apoyado por su hermano García de Navarra, acabó
con la vida de su cuñado y se convirtió en el primer
rey de Castilla y León, ungido como tal el 22 de junio de
1038 por el obispo Servando de León en la iglesia de Santa
María.
Su
reinado
Vinayo González divide
su reinado en dos etapas. Una primera de consolidación, que
transcurrirá hasta el año 1054 y otra de expansión,
que finaliza con su muerte en 1065. En la primera etapa, Fernando
se centra en garantizar el orden entre los levantiscos condes leoneses
y gallegos, algunos de los cuales no habían digerido la intromisión
de un monarca de origen navarro pese a su matrimonio con la última
heredera de la dinastía astur. La habilidad diplomática
de Fernando, guiado por la sabiduría de su esposa, le lleva
a suscribir donaciones a los obispos Cipriano de León, Pedro
de Astorga y Bernardo de Palencia, así como a los monasterios
de Arlanza y Cardeña, sus favoritos, y los de Antealtares,
Corias, Espinareda, Guimaräes, San Isidro de Dueñas,
San Pelayo de Oviedo, San Vicente de Oviedo y Sahagún.

El 7 de noviembre de 1053,
en un guiño a los sectores más conservadores del reino
leonés, Fernando acude al traslado a Oviedo de los restos
de San Pelayo, niño gallego sobrino de Ermegio de Tuy, que
fue decapitado por orden de Abd-Al-Rahman III el año 925
en Córdoba.
Una vez pacificado su territorio,
el 1 de septiembre de 1054 tiene que afrontar el doloroso enfrentamiento
con su hermano García de Navarra, al que derrota y da muerte
en la batalla de Atapuerca. Fernando no era partidario del enfrentamiento
armado, de ello es muestra la comitiva que envió como mediación
ante el monarca pamplonés. Domingo, abad de Silos, e Iñigo,
abad de Oña, fueron los emisarios de paz del monarca castellano-leonés
para agotar las últimas vías pacíficas, pero
su hermano parecía dispuesto a derrotarle para satisfacer
sus pretensiones territoriales en la frontera navarro-castellana.
En 1055, afronta otro de
sus grandes objetivos, la reforma de la cristiandad peninsular.
Con tal fin, convoca el Concilio de Coyanza, en la actual Valencia
de Don Juan, al que asistieron los cargos eclesiásticos más
importantes de la época. Las conclusiones del concilio sentaron
las bases de un profundo cambio en la Iglesia de los reinos cristianos.
El triunfo de Atapuerca
catapultó sus éxitos militares. En la campaña
portuguesa toma Lamego (1057), Viseo (1058), Mondego (1062) y Coimbra
(1064). En la frontera oriental, en torno a 1060 arrebata Gormaz,
Vadorrey, Berlanga, Aguilera, Santiuste, Santomera, Huermos, Parrantagón
y el valle de Bordecórex al reino taifa de Zaragoza, lo que
produce un segundo enfrentamiento con Navarra, esta vez con Sancho
Garcés IV, que se presentó como protector de Al-Muqtadir.
Fernando sale victorioso e incorporando a sus dominios territorios
en La Rioja, Valpuesta y Montes de Oca. Una vez asentados sus límites,
se lanza hacia el sur, contra el reino taifa de Toledo. Irrumpe
por la Sierra del Guadarrama arrasando Talamanca del Jarama y Alcalá
de Henares. Al-Mamum sale a su paso ofreciendo oro a cambio de la
paz, trato que acepta el monarca cristiano, que se retira de nuevo
al norte.
En 1063, Fernando acude
a socorrer al rey de la taifa de Zaragoza, Al-Muqtadir, ante el
ataque sufrido por Ramiro de Aragón, al que derrota en Graus
el 8 de mayo. En verano, confiado, se lanza hacia la taifa de Sevilla,
arrasando Mérida. Al-Mutadid sale a su encuentro bajo la
promesa de oro y las reliquias de Santa Justa para frenar el avance
cristiano, cuyo rey acepta de nuevo las condiciones de paz.
Finalmente, en 1065, se
lanza de nuevo sobre la taifa de Zaragoza, cuyo reyezuelo había
promovido una matanza de cristianos y se había negado a pagar
las parias. No contento con una nueva victoria, prosigue su campaña
hacia Valencia. Allí se enfrentó a Abd-Al-Malik al
Muzaffar en Paterna, pero debido a una grave enfermedad, vuelve
a León, donde muere el 27 de diciembre de 1065.
Fernando
I, como Mecenas artístico
Fernando I "El Magno",
no sólo pasará a la historia por sus campañas
militares, de las que las crónicas aseguran que nunca fue
derrotado, sino también por el fomento de la cultura y las
artes. Durante su reinado se encargó la sustitución
de la antigua iglesia mozárabe de San Juan Bautista de León
por un nuevo edificio, construido en base a los cánones del
nuevo estilo que bajo el reinado de su padre había comenzado
a irrumpir en la península, el Románico.

El 21 de diciembre de 1063
se consagró el nuevo templo, que cambió de advocación
por el traslado de las reliquias de San Isidoro, ganadas a Al-Mutadid
de Sevilla tras una campaña militar. Allí recibió
sepultura. Además, bajo su mecenazgo se fomentó también
el trabajo del marfil y de los códices miniados, ejemplo
de ello son el famoso Cristo de Fernando I y Doña Sancha,
conservado en el Museo Arqueológico Nacional y el beato de
Fernando I, del que podemos disfrutar en la Biblioteca Nacional.
Sus restos yacen para la
eternidad en el Panteón Real de San Isidoro de León,
bajo una inscripción en latín que resume sus logros
como monarca: "Aquí está sepultado Fernando el
Grande, rey de toda España, hijo de Sancho, rey de los Pirineos
y Tolosa. Fue él quien trasladó los cuerpos santos
a León: el del bienaventurado Isidoro arzobispo desde Sevilla,
y el de Vicente mártir desde Ávila. Hizo esta iglesia
de piedra, que antes era de barro. Guerreando, hizo tributarios
suyos a todos los sarracenos de España. Conquistó
Coimbra, Lamego, Viseo y otras ciudades. Tomó, por las armas,
los reinos de García y de Vermudo. Murió el 27 de
diciembre de 1065".
Su reinado coincide con
la disolución del califato que agonizaba desde comienzos
del siglo XI y la creación de los Reinos de Taifas. Fernando
I supo aprovechar esta fragementación y debilitamiento musulmán
para hacerlos vasallos y cobrar parias que recuperar la economía
del norte cristianos muy perjudicada por las destrucciones de Almanzor.
Al morir repartió
sus territorios. Su hijo mayor, Sancho II recibió Castilla,
Alfonso, León y el menor de lo varones, García, fue
nombrado rey de Galicia. Por su parte, Elvira ingresó en
un monasterio y Urraca, recibió la ciudad de Zamora.
(Autor
del texto del artículo/colaborador de ARTEGUIAS: Mario Agudo)